Os voy a contar un secreto: todo tiene su causa. La conozcamos o no, la tiene. El principio de causalidad sostiene la Física y, en general, la ciencia en su conjunto. De todas formas, hoy no me voy a referir a ese tipo de análisis de la realidad, sino al origen de algunas palabras que utilizamos cotidianamente (aunque un par de ellas han perdido fuelle en los últimos años y están casi en desuso).

Negro, par y pasa.
Si os interpelase, así, a bote pronto, sobre si alguien oyó hablar alguna vez de los señores Strauss y Perlowitz seguramente ninguno tenga idea de quienes eran (no, en este caso el origen de ese desconocimiento no está en la LOGSE, por una vez) y os preguntaréis qué oscuro motivo me ha llevado a sacarlos de sus tumbas y su anonimato para traerlos hoy aquí.
Bien, os daré pistas. Eran un par de “empresarios” (timadores, más bien) que hicieron el agosto en la España de la II República, introduciendo una ruleta eléctrica que hacía las delicias de varios políticos del Partido Radical, así como de los interfectos mencionados arriba, a medida que las perras gordas iban pasando de los bolsillos de los incautos jugadores a los suyos.
La cosa no duró mucho. Unas desavenencias, al parecer, en el reparto de beneficios, unido a distintas quejas y denuncias de ciudadanos estafados culminó con la prohibición de la ruleta de juego. Nuestros protagonistas, lejos de venirse abajo, denunciaron al gobierno (contaban con autorización, que por ello habían estado pagando bajo mano) y la trama de corrupción se hizo pública. El escándalo fue mayúsculo y la ruleta, que había tomado su nombre de los dos creadores, pasó al vocabulario popular dando nombre a toda una serie de actividades (oficialmente) ilícitas durante la posguerra.
¡Ah, claro, que me olvidaba! La ruleta tenía por apodo Straperle y el vocablo derivado de ella es, obviamente, estraperlo.
Si nos vamos un poco más atrás en el tiempo y cambiamos de continente, nos encontramos con otro personaje singular. Al estilo de Dredd, el personaje de comic, Charles Lynch era un juez de Virginia que cabalgó los Estados Unidos a mediados del S. XVIII impartiendo su peculiar concepción de la ley.

Lynch el rápido
Lynch, motivado por lo que él entendía “lentitud de la justicia“, desarrolló un método consistente en detener, escuchar, juzgar, condenar y ejecutar a los delincuentes de una sola vez. Esto, claro, supone un pequeño inconveniente cuando el detenido quiere defenderse (que suele ser la mayoría de las veces), pero eso eran nimiedades para nuestro juez. Si alguno de los reos reclamaba testigos que declarasen en su favor, el juez Charles prescindía del juicio y pasaba directamente a la ejecución.
Este personaje tiene el dudoso honor de haber donado su apellido al vocabulario popular, siendo linchamiento un término ampliamente conocido y difundido.
Nuestro próximo protagonista también cedió el nombre de su linaje materno al diccionario, de modo que para mantener un poco el suspense voy a evitar daros la clave de momento y me limitaré al primero de sus apellidos: Cunningham, Charles Cunningham.

Campesina boicoteando
Los granjeros decimonónicos del condado irlandés de Erne sufrían a Cunningham como interventor del territorio. Charles era un hombre duro, casi un tirano, que gobernaba con mano de hierro el condado y que sometía al campesinado a unas condiciones leoninas.
Éstos, en lugar de levantarse en armas o pasarlo a cuchillo, optaron por una forma de protesta distinta y pusieron todos sus esfuerzos en evitar y paralizar todas las iniciativas que Charles Cunningham Boycott intentaba llevar a cabo. Es decir, protagonizaron el primer boicot, como tal, de la historia y nos regalaron un término para definir las acciones contra el poder establecido.
La última palabra que os dejo hoy apenas se usa en la actualidad, al menos fuera de círculos específicos de ingeniería y construcción. Sin embargo, hubo un tiempo en el que, por ser el sistema más extendido para empedrar los caminos y carreteras, era conocido por todo el mundo.

Paco y Fofó comentando la jugada
Hasta tal punto esto era así, que cuentan los rumores que en la famosa entrevista de Hendaya entre Adolf Hitler y Paco Franco, cuando el de Ferrol pidió medio África y hasta el último mono del Peñón de Gibraltar como contraprestación a la entrada de España en la II Guerra Mundial -combatiendo, claro, junto a las fuerzas del Eje- el bigote del Führer tembló hasta su último y recortado pelo, por lo excesivo de la reclamación, y amenazó a Bahamonde con invadir España en dos semanas.
Paquiño, una vez escuchó por boca del traductor el ultimatum lanzado por el de Braunau am Inn, en una respuesta tan redonda y tan cargada de nuestra retranca, le dijo que bien quisiera él verlo conquistar la península en ese tiempo, que las carreteras españolas eran de macadán y se desparramaban al mínimo traqueteo del coche más sencillo, para más con el paso de los tanques, así que de Blitzkrieg en España nein, mein freund.
Así, pues, la técnica de empedrado comprimido conocida como macadán, que a espera del asfalto constituyó la base de las carreteras (y sigue haciéndolo, en su mayoría) que conectaban pueblos y ciudades y que, de ser cierta la anécdota descrita lineas atrás nos libró de los Panzerkampfwagen alemanes, también recibe su nombre de un personaje concreto, el escocés John Loudon Mac Adam, su creador.
Y eso es todo por ahora, aunque palabras de este estilo hay para dar y tomar (quizá prepare un segundo artículo, si os parece interesante el tema). Sean felices y hablen con propiedad.